jueves, 10 de abril de 2014

Pétalos Marchitos (Pétalos de papel #2) - Capítulo 4

Marcus
Destrucción

El chasquido de la puerta al cerrarse resuena en mi cabeza como el eco de una sentencia de muerte.

El muchacho y la criada se han marchado. No necesito volver mi atención hacia la madera para saberlo: la idea apenas toca mi mente, de hecho. Del pasillo me llegan voces apagadas, pero nada de eso importa. Súbitamente, la presencia de mi padre lo ha llenado todo: desde el cuarto hasta mis recuerdos, que se distorsionan bajo el peso de su corporeidad. De nuevo siento que me falta el aire. De nuevo la estancia se vuelve más pequeña de lo que en realidad es. Más opresiva. Los muros se tuercen y amenazan con enterrarnos. Esta realidad, tan precaria de por sí, blande ahora la forma de una pesadilla. No puedo dejar de mirarlo. Sus ojos morados, brillantes como los míos, capturan mi voluntad. El fantasma de su sonrisa, artificial, no parece dirigirse a nadie en concreto. Toda su atención está puesta en mi rostro horrorizado. Soy consciente de que he palidecido.

—No puede ser…

No sé qué decir, aparte de ese susurro ahogado. Si bien es cierto que nunca he creído realmente que Aloys Abberlain estuviese muerto, tampoco pensaba en él como alguien vivo. Su existencia siempre fue, desde aquel fatídico día de cambios y abandono, algo que no me planteé. Era más fácil olvidar. Podía ser que, como un fantasma, su espíritu me persiguiese en las noches en vela, como el de tantos otros, pero él estaba lejos, en otro mundo. Desde donde se encontraba no podía hacerme daño. No volvería a por mí. Yo, por mi parte, tenía demasiadas pérdidas que lamentar como para plantearme ir a buscarlo a él… o a mi madre. Me encerré en mi autocompasión y me olvidé de que había algo en esta dimensión que aún me llamaba. Sin embargo, ahora que está aquí, delante de mí, no soy capaz de aceptarlo del todo.

Toda mi vida retrocede. Todos los días, como una marea, se apartan para detenerse en aquel instante. El fuego de la chimenea. Mi mano derecha se crispa. El libro ardiendo, crujiendo de dolor, latiendo con sus últimas fuerzas. Agonizando entre las llamas mientras suplicaba por mi ayuda. La tinta uniéndose al papel en su último abrazo. Su último suspiro. Duele como si la carne se estuviese derritiendo sobre mis huesos otra vez. Las lágrimas cegándome. El calor prendiendo en mi manga. Apenas sí soy consciente de que debo estar clavándome las uñas en la palma, aún a través de los guantes.

—No era este el reencuentro que esperaba —me confía, repasando el cuarto con la mirada. Yo entorno los ojos—. No pretendía que ocurriese así, pero el muchacho me dijo que estabas muy alterado cuando te trajeron aquí. Que una noche de soledad podría enfriarte el ánimo. Veo que tenía razón.

Deduzco que “el muchacho” es el caballero que ordenó mi captura. El que no he vuelto a ver, a pesar de que me lo he imaginado entre las sombras del pasillo en todo momento. Aprieto los labios. Estoy furioso, y un temblor en la voz me delata.

—¿Cómo no iba a estar molesto? ¡Me prendieron y me encerraron como si fuera un vulgar criminal! Sin una sola explicación o una palabra de consuelo…

Él apenas sí parece prestarme atención. No se disculpará por lo que ha pasado. Nunca lo hace. Cree que siempre tiene razón. Que puede hacer lo que se le antoje, sin importar las consecuencias. Para él, todos los seres humanos giramos a su alrededor. No ha cambiado. Sigue siendo el mismo padre que me miraba por encima del hombro. Que no explicaba sus razones. Que esperaba grandes cosas de mí. Lo descubro en el porte elegante y la barbilla suavemente alzada: el gesto que pretende demostrar que está por encima de los demás. Que ninguna de nuestras acciones le afecta.

—Te he estado esperando. Han sido muchos años, pero nunca dudé de que acabarías por venir a mí. Estaba escrito.

El tiempo no ha pasado en vano para él. Parece mucho más viejo. Me pregunto de cuántas lunas está hablando. Sé que han sido más días de los que han transcurrido para mí. Me lo dicen el cansancio y la sabiduría en sus ojos. Pero no es eso lo que me importa. Aunque ansío respuestas sobre lo que ha cambiado en mi ausencia, no puedo detenerme a preguntar. No me concierne cómo ha llegado a este castillo o qué posición ocupa dentro de él.

Mi mente solo es capaz de pensar en una cosa.

—No tienes ningún derecho a retenerme aquí —le advierto. Él vuelve toda su atención hacia mí y algo en su mirada afilada, en su boca torcida, me contradice—. Debo volver con mi familia. Con…

—Charlotte —me interrumpe él, concluyendo la frase por mí—. Y con esa muchacha llamada Ilyria, ¿no es así?

Me estremezco. Pronuncia sus nombres como si las conociera. Como si las hubiera visto antes o estuviese acostumbrado a que yo mismo le hablase sobre ellas. Es casi siniestro. Su mención parece volverlas más corpóreas en mi mente, al tiempo que su presencia casi se deja sentir en el cuarto. Paladeo algo, quizá el último beso que Ilyria abandonó en mi boca hace lo que ya me parecen siglos, y trago saliva. A pesar de que intento no parecer amedrentado, su intervención me ha perturbado profundamente.

—¿Cómo…?

A pesar de haber preguntado, cuando me mira no sé si estoy preparado para saberlo. Su sonrisa se extiende un poco más por sus labios. Un escalofrío repta por mi columna, por debajo de una piel que suda frío.

—Eres mi primogénito, al fin y al cabo. Te he estado observando —confiesa mientras se mueve por la habitación, sin un rumbo fijo, rozando los pocos muebles que hay con la punta de los dedos, como si quisiera recobrar algo abandonado en su superficie—. He sido como tu ángel de la guarda, por decirlo de algún modo: siempre silencioso pero protegiéndote de todo mal.

La duda en mi rostro parece exasperarle del mismo modo que lo hace mi silencio. De todas formas, un vistazo a mi cara es lo único que necesita para seguir hablando.

—Lo sé todo sobre ti. Llevo leyendo tu vida desde que conseguí un libro que me vinculase con Amyas. La niña que adoptaste, tus sirvientes, tus amigos… Todo me fue revelado en las páginas. Incluso la llegada de esa muchacha. ¿Sabes? Fue ella la que me hizo darme cuenta de que no somos tan diferentes. Ambos amamos con tanta fuerza que el sentimiento se vuelve dolor, al cabo de un tiempo. Ambos nos enamoramos siempre de las mujeres equivocadas. Primero yo con tu madre y luego tú y aquella mujer… —Me mira de reojo, pero al ver que me mantengo inmutable, sonríe con sorna—. Y ahora esa muchacha. A la que, por cierto, le estoy agradecido. Ella me dio esperanzas. Abrió viejas heridas y te hizo pensar… Te trajo aquí.

No abro la boca. Soy incapaz. Con cada músculo entumecido y un dolor sordo latiéndome por todo el cuerpo, me doy cuenta, más que nunca, de lo que he hecho. Me dejo caer sentado en la cama. No creo que sea ella la que tenga la culpa. No me equivoqué al elegirla… o al dejar que me eligiese, o que alguna fuerza superior uniese nuestros caminos. Ella no me obligó a abrir el libro. Me estremezco. He sido yo el estúpido que se alejó. Nada me llamaba desde aquí dentro. Nada queda ya aquí para mí. Me llevo una mano a la cara y me pregunto cuánta verdad hay en las palabras de mi padre. Quizá estaba escrito. Tal vez no seamos tan diferentes. Durante los últimos meses no he podido dejar de pensar en ello: la intenté atar a Albion como hizo él con mi madre y, al hacerlo, la alejé un mundo de mí. Desde el principio no supe más que mentirme a mí mismo: primero con mis sentimientos, luego decidiendo lo que era mejor para Ilyria, aunque sin contar con ella.

El peso de todos mis errores me abraza las costillas.

—Quiero volver a casa. No puedes retenerme.

Aloys cabecea, pensativo. Me pregunto por qué la luz que entra por la ventana no logra iluminarle del mismo modo que al resto del cuarto. Tras una breve disputa consigo mismo lo observo caminar hasta la salida y abrir la puerta. Se queda a su lado, como si me invitara a traspasar el umbral.

—Es cierto —otorga, con un movimiento de su mano—. No puedo. Y no lo haré. No gano nada con ello. Así pues, tienes vía libre para ir y venir a tu gusto por todo el castillo. Sé que sabrás disculparme que no te deje alejarte más allá del jardín, pero los Abberlain no son amados por todos. Me temo que eso no cambia, estemos en el mundo que estemos. Y tus ojos te delatan como miembro de mi familia.

Aprieto los labios.

—Soy mayor. Puedo cuidarme solo. Saldré bajo mi propio riesgo.

Hay un chasquido de su lengua que implica disconformidad. Lo veo negar con la cabeza, con mucha calma, como si en este tiempo hubiese ganado toda la paciencia que nunca pensé que fuera a tener. Para empezar no me censura, como tantas veces ha hecho antes. Ahora me trata como un niño pequeño al que se le debe enseñar. Al que es necesario guiar por la vida. Hay un toque casi burlón en cada uno de sus gestos. En sus palabras, cuando habla:

—Esa no sería tu idea más brillante. Hazme caso cuando te digo que nada es en Seelen igual a lo que conociste. Hay grandes peligros ahí fuera, acechándonos. Por lo tanto, permanecerás aquí, donde te pueda ver.

Sacudo la cabeza y me acerco a él.

—Tráeme entonces el libro que me llevará de vuelta a casa. Me iré y no tendrás que preocuparte por nada.

—No. Por supuesto que no.

Frunzo el ceño, sin llegar a entender por qué lo hace. Por qué me quiere encarcelar en este lugar, privándome de libertad. A qué viene tanto odio contra mí, cuando yo nunca le he desafiado abiertamente en el pasado. Si bien es cierto que más de una vez defendí a mi madre, poniéndome de su lado, al final fue él el que decidió ir tras ella. El que no supo rendirse y aceptar una negativa. Fue él y solo él quien convirtió amor en venganza y desesperación.

—Entonces, yo mismo lo encontraré.

Mis pies me conducen fuera de la habitación. Mis pasos en las escaleras de piedra reverberan con un eco sordo que me hace estremecer. No miro hacia atrás ni me detengo a observar lo que me rodea. Tengo miedo de que si lo hago, los dioses me castiguen por mi curiosidad y me conviertan en una estatua de sal. Tengo miedo de perder algún alma rescatada de la muerte si giro la cabeza. En lugar de eso, avanzo con seguridad, sin miedo, con la tela del guante rozando la pared, en un desesperado intento por no perder el equilibrio en los desgastados peldaños, que se curvan y se vuelven cada vez más traicioneros.

Me sorprende que no me siga, pero una vez que me quedo parado, aguantando la respiración, solo el más profundo silencio, casi corpóreo, me envuelve. Un aire fresco, de interior medieval o de catedral, me revuelve los cabellos. Estoy ya a los pies de la escalera de caracol que acabo de sortear. A partir de aquí, los desconocidos y fríos pasillos me esperan. Parecen formar un laberinto que abre sus fauces, dispuesto a atraparme. A tragarme. Tal vez en su centro habite un minotauro, pero yo no tengo un ovillo de hilo que desenrollar por el camino para guiar mis pasos. De todas formas, igual que no hay nadie aquí para decidir mi recorrido, no hay nadie que pueda detener mi búsqueda.

Si mi padre ha estado observándome —aunque “leyéndome” sería un concepto incluso más exacto—, eso significa que guarda el libro siempre cerca. Significa que el portal que me llevará de vuelta a casa está aquí, en alguna parte del castillo. En sus páginas está mi vida. Mi casa y mi familia. Charlotte. Ilyria. El simple pensamiento me da fuerzas y me obliga a seguir caminando. ¿Estará enfadada? ¿Me odiará por dejarla sola? 

Incluso cuando le prometí que estaríamos siempre juntos, que la protegería. Yo…

Aprieto el paso y siento que los minutos pasan sin que yo avance. El reloj de bolsillo, dentro de mi chaleco, parece pesar más que nunca. No tengo todo el tiempo del mundo. Abro y cierro puertas sin nada que me dé una pista de hacia dónde me dirijo. En este castillo solo parece haber soledad y un vacío que asusta. Las habitaciones están desiertas. Los dormitorios están pulcramente arreglados, como si esperasen visitantes importantes, pero las flores en los jarrones ya han empezado a marchitarse. Lo tomo como un mal augurio. Las flores secas, con sus pétalos oscuros, me inspiran el miedo más irracional. Me topo con un par de criadas que miran aterradas mis ojos morados y humillan la cabeza. Percibo que murmura algo, pero las palabras no llegan a convertirse en algo inteligible dentro de mi cabeza. No me detengo a preguntarles o hablar con ellas. Apenas sí las miro. Sé que eso podría causarles problemas.

Mi andanza concluye en unas puertas dobles. Están cerradas, pero yo giro el pomo sin pensar y el chasquido reverbera en el corredor que queda a mis espaldas. Oigo pasos tras de mí, aunque puede ser que solo sean los latidos de mi corazón haciéndose eco. Lo siento bombear demasiado fuerte en los oídos, en las sienes. Sería fácil confundirlo con algo más real de lo que es. Inquieto, sin embargo, entro en la estancia que ahora se abre ante mí y me encierro en ella, con un suspiro en el que mi alma intenta escapar de mi cuerpo.

El cuarto se revela ante mis ojos cuando consigo dejar de parpadear por la luz del sol, que me araña sin piedad el rostro, colándose por una ventana que se dispone justo enfrente de mí. Las cortinas raídas no son suficiente para mantener la penumbra que se respiraba en el pasillo. Me encuentro en una biblioteca. O eso debió de ser, al menos, en otro tiempo. Horrorizado, descubro que no hay más que estanterías vacías, frías y llenas de polvo. Algunas hojas otoñales han volado alto para lograr entrar y se han quedado a vivir en el suelo gris de piedra. Me adelanto hasta el centro de la sala, desolado, y observo la gran mancha que el fuego ha dejado a su paso. Me agacho y acaricio con los dedos la superficie rugosa: la impecable tela blanca se tiñe del gris de la ceniza, de los sueños rotos y las palabras muertas.

No puedo evitar entristecerme cuando pienso en los hermosos manuscritos que una vez debieron descansar sobre los estantes de madera oscura. En las maravillosas miniaturas y en los detalles hechos con pan de oro. En las largas horas que los escribas pasaron copiando el contenido de cada texto. En el sonido de las plumas rasgando el papel…

De pronto me doy cuenta de lo solo que me siento en esta estancia. De lo lejos que estoy de mi hogar. De cuánto lo añoro. Este lugar me comprime los pulmones y me roba latidos y respiración. A cambio, me presta cansancio, dudas y desesperanza. ¿Dónde está el libro? Yo solamente quiero volver a Amyas. Ese es el sitio al que pertenezco ahora. Ya no soy aquel joven aventurero que fui una vez. Ya no soy el niño que quería vivir extraños incidentes y conocer tantos mundos como existiesen.

La cerradura al abrirse proclama sin ceremonias que no estoy solo. Ni siquiera alzo la mirada. Con los ojos entornados y los puños apretados, recupero la voz perdida y la convierto en un susurro que raspa mi garganta.

—¿Por qué lo has hecho?

Mi padre no contesta de inmediato. Se detiene a mi lado y yo me concentro con obstinación en el pequeño montón de ceniza contra el que chocan sus botas.

—Tú mejor que nadie deberías saberlo, Marcus.

Niego con la cabeza. Solo me parece un acto de barbarie. Un desafío a las leyes de la lógica. ¿Por qué alimentar un fuego con los volúmenes que tanto nos han dado? Yo, más que nadie, no logro entenderlo. ¿No somos guardianes de un poder que conlleva respetar cada palabra escrita? Cada mundo creado… Él, mejor que nadie, debería recordar que un libro fue lo que le unió a mi madre. Un libro fue lo que me ha unido a Ilyria. Para siempre.

—Has cambiado. Antes nunca habrías hecho esto. Es casi como un asesinato.

—Antes tu madre me amaba —replica él en un tono monocorde, carente de sentimientos—. He vivido por diecisiete largos años en este mundo.

Trago saliva. Sí. Ha pasado mucho. Y aún así, no puedo evitar preguntarme si es ese el tiempo que tiene que pasar para cambiar a una persona. Para convertirla en alguien a quien yo ya no puedo reconocer. Alzo la mirada y nuestros ojos se encuentran. Sé que hay una muda súplica en mis pupilas. Así, agachado en el suelo como estoy, la figura alta de Aloys es la de un gigante que me recuerda que aún soy demasiado joven. Una generación entera nos separa. Mundos completos, con sus complejas geografías y miles de habitantes, nos distancian. Incluso nuestras ropas son diferentes: él, con su capa sobre los hombros y su porte regio; yo, con mi traje oscuro manchado y mi aspecto de niño perdido.

—Si hubieras vuelto… Si nunca te hubieses marchado… —Sacudo la cabeza. Rápida, como un relámpago, la pregunta asalta mi mente—. ¿Dónde está madre?

Su mirada se endurece. Su mención me deja sin protección ante su ira. Hay maldad en su rostro. Una violencia animal que podría despedazarme. Pasión y demencia. Quizá fue eso lo que hizo a Danae Abberlain huir en el pasado. Un día buscó en aquella cara y se dio cuenta de que nunca más volvería a encontrar al hombre del que una vez estuvo enamorada. Se aventuró entonces a ver qué había en otros ojos, en otros pechos. Y descubrió que existían aún corazones que podían latir por ella. Para ella. Si es así como sucedió, la comprendo. Si es así, la perdono.

Mi padre, en cambio, solo tiene odio en su interior. Un alma negra y un corazón que se ha convertido en piedra.

—Se fue. Una vez más, me ha abandonado. Pero ahora que estás aquí… —La brillante sombra de una idea toma forma tras su mirada—. Ahora ella vendrá. Sé que te buscará, Marcus. Querrá verte. Ver el hombre en el que te has convertido. Y entonces…

Su voz se apaga. Ni siquiera él sabe qué pasará entonces. Lo veo fruncir el ceño, pero luego sonríe como si nada hubiera pasado. De pronto se me antoja que ha estado vagando demasiado cerca de la locura. Solo un hombre desequilibrado quemaría los libros de una biblioteca. Solo un loco dejaría las estanterías vacías como recuerdo de su matanza. ¿Es esto lo que pasa cuando uno ama sin mesura? ¿Cuando tu amor no es correspondido? ¿Cuando todo lo que una vez has anhelado se escapa entre tus dedos y te advierte de que no volverá?

—Ni siquiera yo puedo atarla a ti, si ya no te quiere. No puedes usarme para conseguir tus propósitos. Yo solo quiero volver a mi casa.

Aloys entorna los ojos.

—No puedes. No lo harás hasta que yo lo decida. Tengo tu llave a Albion, pero no te la daré a menos que hagas lo que yo te pida. Sabes que no falto a mis amenazas. Si pude quemar el libro una vez, no me importará volver a hacerlo —me insiste, haciendo un ademán que pretende abarcar los restos de la olvidada pira funeraria—. Puedo encerrarte aquí, Marcus, y no dudaré en hacerlo.

Sus palabras resuenan en el aire con la fuerza de una tormenta. Sí, sé que es capaz. Mis esperanzas están en su mano. Si le doy razones para ello, cerrará los dedos alrededor de mis sueños y los convertirá en la misma ceniza que ahora mancha las piedras sobre las que sigo acuclillado. Algo entumecido de mantener la posición, me irgo y lo observo a los ojos. El gigante desaparece, pero su aura soberana se mantiene sobre mí, aturdiéndome. Cojo aire. ¿Qué tengo yo para enfrentarme a él? No soy un héroe. No soy un caballero de brillante armadura. Solo soy humano, con todos mis defectos y mis miedos. Y él, aquí, ahora, parece más un dios al que temer que un simple mortal.

—Aquí vivirás como un príncipe, Marcus. Literalmente. Serás mi heredero —prosigue, ante mi sorpresa—. No bromeo. Seelen se postrará a tus pies ante una orden de mi mano. Y después… Después cualquier mundo que deseemos. ¿No te gustaría eso? Piensa en Albion… Piensa en lo fácil que sería derrocar a Victoria con nuestro poder. Podríamos hacer grandes cosas juntos. Podríamos postrar a la nobleza y aplastarlos como hormigas. Entonces nadie podría hacerle nada a esa muchacha tuya… Nadie os censuraría, Marcus, porque seríais libres para quereros.

Siento que es el Diablo quien me habla. Que Mefistófeles se ha presentado ante mí tomando la forma de mi padre y me ofrece todo lo que siempre he deseado a cambio de mi alma. Porque Ilyria es lo que yo siempre he querido. Es la persona por la que he estado esperando. Bajo la vista, triste. No puedo evitar pensar en cómo la ha tratado Rowan o en las lágrimas que Abbigail ha derramado mientras me imploraba que recapacitara. Si yo pudiera hacer algo, ¿no sería justo que lo diese todo por hacerla feliz? Por ver su sonrisa. Por escuchar su risa. Por retener en mi boca sus besos de rayo de sol. Su sabor a azúcar y a estrellas fugaces. Ella, que lo ha dejado todo por mí. Que no puede volver a su mundo. Que se ha quedado a mi lado pese a que todas las señales la instaban a que hiciese lo contrario…

Cierro los ojos. No debería ser tan difícil, pero mi alma se parte en dos. Vuelvo a sentir su mano en la mía, palpitando a través del guante mientras bailamos bajo una lluvia de deseos. De pétalos enviados por las hadas y envidiados por la luna. Vuelvo a sentir sus brazos a mi alrededor, mientras me pierdo en su cuerpo. Mientras muero en su boca. Mientras mi mano marchita toca con dedos efímeros su corazón.

Siempre. Se lo prometí. Mi deseo.

—Lo haré…

La voz se me quiebra y yo caigo al abismo.

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