sábado, 5 de abril de 2014

Pétalos Marchitos (Pétalos de papel #2). Capítulo 3.

¡Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón! Este jueves no os hemos podido traer el capítulo, pero aquí os lo dejamos con los dos días de retraso. Esperamos que os guste. 


Ilyria
Rebeldes



Un hilo de sangre corre por mi pescuezo.

Miro a Rick. El muchacho se ha acercado y me observa con los párpados entrecerrados. Mi rostro horrorizado se refleja en su mirada turquesa llena de odio. De rencor y desprecio. En esos ojos veo las ganas de acabar conmigo, aunque yo no puedo entender por qué. El corazón se me ha detenido y no soy capaz de pensar con claridad. Solo puedo sentir el filo frío de la espada contra mi cuello, haciendo presión, amenazando vida y sueños. Sería muy fácil para él terminar con todo de un simple movimiento. Ni siquiera le costaría esfuerzo. Su mano tiembla y con su pulso también tiembla su arma contra mi piel. Sus dedos se aprietan con tanta fuerza entorno a la empuñadura que tengo la impresión de que se está haciendo daño él mismo.

Cojo aire, hinchando mi pecho. Miro de soslayo, como si así pudiera ver el corte superficial que sé que ahora adorna mi carne. No lo entiendo. ¿Qué he hecho? ¿Qué he dicho para provocar semejante respuesta en ese chico? Vuelvo a mirarle. Pienso en suplicar, en intentar explicarme, en preguntar todo lo que no alcanzo a comprender. Pero no tengo voz. O quizá no quiera tenerla. Temo que alguna palabra pueda traicionarme como lo ha hecho el nombre de Marcus… Marcus. ¿Es que acaso él le conoce? ¿Por qué esa mirada, por qué ese odio? Marcus lleva demasiado tiempo sin venir aquí. ¿Qué ha podido hacer para levantar en alguien una reacción como esa? Es una buena persona. No haría daño a nadie conscientemente…

Por un momento nos sostenemos la mirada. La mía asustada, la de él enfurecida. El muchacho aprieta los dientes.

—Abberlain —repite.

Paladea el apellido como si tuviese un mal sabor. La mueca que cruza su cara no me deja lugar a dudas de lo que ya he visto en sus ojos. Ese deseo homicida, casi loco, desgarrado. El odio más puro palpita en sus pupilas. Y como si pronunciarlo le revolviera, como si encendiese aún más su ira, la presión del filo se hace más patente contra mi piel. Emito un gemido al sentir la piel quejarse y llorar un par de gotas de sangre.

—Rick.

Aunque yo miro de soslayo a la mujer, mi atacante no lo hace. Solo tiene ojos para mí, para mi cuello, para la sangre que baja y mancha la camisola con su color de amapola. Son los ojos de un loco. Durante un segundo su mirada me recuerda a Angus Kendall, a su risa demente… ahora perdida. Silenciada para siempre. Muerta.

—Roderick, mírame.

El muchacho frunce los labios hasta que se vuelven blancos.

—Deberíamos matarla. Acabar con ella. Los Abberlain son una plaga… Ese muchacho, si es un Abberlain, solo será un nuevo bastardo que querrá terminar de destruir este mundo. Otra de esas alimañas, sin duda, que quemará todos los libros que encuentre y cortará las manos de aquellos que sepan escribir…

¿Qué está diciendo? No consigo entenderle. Algo en sus palabras está muy lejos de mi entendimiento. ¿Marcus quemar los libros? Nada de lo que dice tiene sentido para mí. Ningún Abberlain de los que yo conozco haría eso nunca. Ni siquiera Rowan, con su carácter elitista y sus ideas fascistas, tendría por qué querer quemar libro alguno. Por no hablar de cortar las manos de los escritores. Los Abberlain se sustentan de ellos. Sus ganancias llegan en forma de negocio editorial. Definitivamente debe estar equivocándose.

—Debe haber un lamentable error… ¿Rick, es? Marcus nunca…

—¡¡Cállate!!

Callo. No estoy en posición de discutir cuando su amenaza se vuelve aún más firme contra mi piel. Me alza el mentón con la hoja del arma y me obliga a mirarle directamente a los ojos. A nuestro lado siento a la mujer contener la respiración, igual que hago yo misma. Siento el corazón latiendo desenfrenado contra mi pecho. No es un aleteo, como cuando los labios de Marcus se posan tiernos sobre los míos, sino que el palpitar es una carrera desenfrenada, loca por no entender lo que ocurre a su alrededor.

—Ningún Abberlain merece mi piedad… Ninguno de esos malditos merece siquiera un poco de mi compasión. Todo lo que merecen es el fin. Un fin lento, en el que tengan que retorcerse de sufrimiento. Eso es lo que merecen los Abberlain y cualquier persona relacionada con ellos.

Aprieto los labios. ¿Cómo responderle? ¿Cómo explicarle que no entiendo de qué está hablando? ¿Cómo excusar a Marcus? No somos de aquí. El propio conde lleva demasiado tiempo lejos como para ganarse el desprecio que se haya podido crear… ¿O es que hay algo más que Marcus no me ha contado? ¿Es que acaso había más secretos encerrados en ese libro? Puede que incluso más allá de la historia de su amante tuviera pecados que nunca se ha atrevido a confesarme… Trago saliva. No. Marcus nunca se ganaría tanto desprecio. No es cruel. Nunca haría nada malo…

La mano de la superior toca el hombro de Rick. Eso parece hacerle volver a una realidad que aparentemente había dejado atrás. Aunque no aparta la espada su mirada va en busca de la de su jefa. Aprieta los labios y durante un instante parece haber una súplica velada en su gesto.

—Danae…

La interpelada niega con la cabeza. Su mano, lenta pero segura, le insta a bajar el arma y yo me veo liberada. Respiro y mi corazón parece agradecer el pequeño respiro. Rick aparta la vista, apretando los dedos con más fuerza entorno a la empuñadura del florete. Algo en el gesto pacífico de su líder le duele profundamente.

—No puedes fiarte —le susurra él. Hay un dolor implícito en sus palabras, en su petición. Los años que se han sumado a su rostro mientras me amenazaba huyen ahora, dándole a su expresión de nuevo algo menos de edad que la que tiene Marcus—. Por favor, no te fíes. Volverán a hacernos daño. Lo sabes.

—Marcus no es como Aloys.

El nombre me sobresalta. Algo parece encajar repentinamente y yo alzo la vista para contemplarlos a los dos. Puedo entender ahora de quién hablan. Quién es esa figura que tanto daño les ha provocado. Aloys. Aloys Abberlain. Aunque Marcus nunca mencionó el nombre de su padre, recuerdo habérselo escuchado a Angus Kendall el día que le visité. Le maldecía igual que le ha maldecido hace tan solo unos instantes ese chico de ojos turquesa. Es todo lo que consigo comprender, pues aunque durante un momento me esfuerzo en buscar más señas para poder interpretar el resto de las palabras, no las encuentro. Marcus nunca habló de su padre más de lo necesario. Quemó el libro que le conectaba a este mundo y se marchó, desapareciendo para no volver jamás a su vida. Durante un tiempo, incluso me hizo creer que estaba muerto. Aunque hablaba de él como alguien severo y profundamente dolido por la marcha de su amada nunca dijo que fuese cruel o que hiciese daño a nadie. Yo le odiaba en secreto por el sufrimiento al que había sometido a su hijo sin saberlo, desencadenando la desgracia de su mano quemada, pero no por ello imaginaba a su padre como un hombre cruel.

Rick, sea como sea, no parece convencido. La mujer revuelve un segundo sus cabellos y él hunde la cabeza, súbitamente amansado, como si fuera un niño. Mira al suelo, pero ya no me parece un acto de subordinación ante alguien de mayor mando. De pronto se me antoja que entre las dos personas que hay frente a mí hay algún tipo de relación más allá. Los gestos de ella son casi maternales y su voz se endulza cuando le alza el mentón para hablarle.

—Yo me encargaré de la chica. Asegúrate de que está todo en orden. Ike estará aburrido de hacer la guardia él solo.

Hay un cruce de miradas cuyo significado se me escapa. Después, los ojos del chico se fijan en mí solo de soslayo. Envaina su espada y, sin más palabras, se marcha. Yo suspiro, ligeramente aliviada. Me llevo un par de dedos al corte y observo el líquido rojo que queda en las yemas al apartarlas.

—Tendrás que perdonarle. Es muy temperamental.

Danae se sienta frente a mí. Pienso en Marcus cuando la miro. No hay nada de señorita en sus gestos, aunque hay un aire distinguido en su rostro, como si alguna vez, en otro tiempo, hubiera sido toda una dama. Alguien elegante y femenino, como le gustaría al conde que fuese yo misma. Ahora, sin embargo, se sienta apoyándose en sus manos, sentada cómodamente, sin tener que preocuparse de ninguna falda que coarte sus movimientos. No sé qué decirle. “Oh, no pasa nada, las amenazas se han vuelto una cosa trivial en mi vida: empiezo a acostumbrarme”. Sacudo la cabeza. No. Mejor eso no. Puede pensar que estoy loca o, peor aún, que tenerme con ellos, sean quienes sean y estén donde estén, pueden suponerles algún peligro.

No tengo que pensar mucho en qué responder, pues aunque separo los labios ella se adelanta a mis palabras.

—¿Cómo está Marcus?

Su pregunta me sobresalta. La miro de nuevo sin saber qué decir. No esperaba esa pregunta y, de hecho, no soy capaz de comprenderla del todo. La mujer se fija en mí una vez más de esa manera casi perturbadora, con su fruncir en los labios y su serenidad inquebrantable. Hay, sin embargo, algo angustioso en su expresión. Parece esperar algo de mí o de lo que tenga que decirle. Sigo teniendo esa impresión de que aguarda mis palabras, todo lo que no me atrevo a decir o lo que no sé cómo preguntar.

Dudo sobre qué responder. Ahora mismo ni siquiera puedo decirle nada con toda la seguridad que a mí me gustaría.

—¿Le conoces?

Silencio. Hay un susurro de tela cuando ella vuelve a levantarse. Se mueve inquieta un instante y momentáneamente me parece que toda su seguridad, toda su madurez, se viene abajo. Sus ojos atienden al fuego como si en sus llamas pudieran encontrar los recuerdos que le gritarán la respuesta a mi pregunta. 

—Hace mucho tiempo que no nos vemos. Años. Demasiados años… O quizá no tanto, después de todo. ¿Cuántos años tiene ahora?

—¿Marcus? —pregunto perdida. Hay algo en sus palabras que suena lejano, ajeno a mí misma. Es como si hablase conmigo pero a la vez no lo hiciese. Más me parece que su conversación es solo con ella misma.

De nuevo siento sus ojos clavados en mí. Asiente un poco, sin dejar de mirarme, esperando a que conteste sin más. Esta vez le aguanto la mirada con el rostro serio y la barbilla ligeramente alzada. Me siento un poco como esos nobles a los que desprecio, siempre con su altanería y sus miradas de suficiencia, pero no puedo permitir que me crea menos que ella o que simplemente responderé a todo lo que me pregunte sin yo recibir ni siquiera unas razones lógicas de dónde estoy o qué tiene que ver Marcus o su padre con esa gente. Con ella especialmente. 

—Veinticinco, pero no entiendo…

—Veinticinco —repite ella para sí, mirando al suelo. De nuevo vuelve a estar lejos, casi inalcanzable.

—¿Qué relación puedes tener tú con él? —rebato con un mohín, obligándola a volver su atención de nuevo a mí. Intento encontrar alguna directriz en las palabras de Marcus cuando me hablaba de ese mundo, pero no consigo identificar a nadie como la mujer que tengo delante. Tan adulta y jefa de… ¿De qué? Danae. Nunca mencionó ese nombre tampoco—.  ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿De qué eres jefa?

Ella no parece muy agradada con mis preguntas. Me recuerda un poco al ceño fruncido de Marcus los primeros días ante mis cuestiones incesantes. Como a él en su día, mis preguntas le parecen improcedentes o acaso no quiere responderlas, sin más, porque sus ojos oscuros me atraviesan. Arquea las cejas como si se burlara de mí ante mi atrevimiento.

—Me temo que, aunque puedas creer lo contrario, no eres la que está en predisposición de hacer las preguntas aquí. —Reconozco un gesto dirigido directamente a la herida en mi cuello que me hace tragar saliva—. Pero tus preguntas me parecen también bastante interesantes a mí. Podría hacerte las mismas, de hecho. Ya tendremos tiempo de hablar de Marcus, sin duda. ¿Y bien? ¿Quién eres?

Me muerdo la lengua, lamentando haberle dado alguna idea. Veo mis propias palabras vueltas en mi contra, pero lo cierto es que no tengo nada que ocultar.

—Me llamo Ilyria. Ilyria Blackwood. Dado que he sido golpeada, secuestrada y amenazada, no puedo decir que sea un placer.

Danae parpadea por el atrevimiento, pero no parece escandalizada. Diría que solo está sorprendida. Me parece reconocer, de hecho, un centelleo divertido y el asomo de una sonrisa en su boca, pero no dice nada al respecto. Separo los labios para aprovechar y tomar yo el turno de preguntas primero, pero ella se me adelanta una vez más.

—¿Y qué relación puedes tener tú, Ilyria Blackwood, con Marcus Abberlain?

Contra todo pronóstico me ruborizo. Dado lo juzgada que ha estado desde siempre nuestra relación todavía me cuesta anunciar abiertamente los lazos que han terminado uniéndome a Marcus. Es como cuando se lo tuve que explicar a Alyse Thanet aquel día en el teatro. Me cuesta encontrar las palabras exactas para explicarlo. Danae alza las cejas, mirándome desde arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho. No entiende mi reacción y no la culpo. Debo resultar francamente ridícula, con las mejillas encarnadas y boqueando como un pez salido del agua. Carraspeo, enredando la mano en la manta que me han brindado, acariciando el pelaje de lobo. Me doy cuenta de lo primitivo que es todo en comparación con Amyas o mi propio mundo.

—Marcus Abberlain y yo somos… estamos… juntos.

—¿Juntos? —la mujer frunce el ceño como si no fuese capaz de entender esa expresión.

Yo me siento como una niña estúpida cuando siento el color adornando algo más fuerte mi cara.

—Como pareja.

A la afirmación la sigue otro de esos silencios que se clavan sobre la piel, que acuchillan y atraviesan. Me obliga a alzar la vista. Hay un brillo indescifrable en los ojos de esa mujer. Me observa de arriba abajo, evaluándome, entornando los párpados. No se puede saber si la noticia le gusta o le disgusta, pues su expresión es inexistente, absolutamente congelada.

—Y por eso le estás buscando… 

—Yo he hecho las preguntas primero —le recrimino antes de dejarme más en evidencia—. Y merezco al menos alguna explicación. Quiero entender qué os une a ti y a Marcus… o a Aloys Abberlain.

Danae se tensa ante el segundo nombre y sé que me he pasado de lista. Ahora no se esfuerza en disimular lo poco que le ha gustado esa intervención.

—Ya te he dicho que no eres tú la que hace las preguntas aquí. —Y de nuevo se aleja de mí, de nuevo se mueve a mi alrededor eligiendo sus siguientes palabras. Yo abro la boca, dispuesta a protestar, a exigir mis respuestas ya que me tienen aparentemente retenida ahí de momento. Por no hablar del trato recibido hasta ese momento. Pero una vez más, antes de que yo pueda hablar, ella se adelanta: —Has venido con un libro, ¿verdad? Vienes de Amyas. De Albion. Las páginas te tragaron y te trajeron hasta aquí. O quizá Marcus te haya traído… aunque él no habría hecho eso. No si es el mismo Marcus que algún día conocí.

Las palabras se me quedan estancadas en la garganta. La miro abriendo mucho los ojos, sorprendida. Lo sabe. Sabe lo de los portales en los libros. Conoce el poder de Marcus y su capacidad para saltar de universo en universo, de página en página. Apenas sí me queda párpado cuando la observo. Balbuceo algo, completamente cogida por sorpresa. ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede creer algo así…? La única manera que se me ocurre es que ella misma lo haya vivido. Solo puede saber de la existencia de Amyas si ha estado allí. Quizá por eso mi vestido, mis ropas, no le han extrañado. Quizá lo ha sabido desde el primer momento pero quiera saber algo de mí. Algo de ese otro lado… Algo de Marcus.

Tomo aire y, a mi pesar, asiento un poco.

—Marcus… Marcus no me trajo pero… supe que había venido y…

—Y quisiste venir. Y el libro accedió.

Aprieto los labios. Una vez más, solo asiento.

—No sé cómo pasó… Yo solo…

Danae sonríe. Es apenas un gesto leve, una curvatura en sus labios que casi parece imaginada.

—Hay libros que tienen más vida que otros. Libros que no necesitan de poderes mágicos para arrastrar a las personas a su interior. Libros que te atrapan antes siquiera de que puedas darte cuenta.

Quiero preguntarle por qué lo sabe, por qué conoce tan bien todo lo que hay al otro lado, pero ella ya tiene otra pregunta preparada. Algo de nuevo inesperado, que me descoloca por completo.

—¿Estás marcada?

De soslayo miro a mi hombro. Mi estrella sigue mostrándose al descubierto por el asa de mi camisón. Danae, al ver mi gesto, niega con la cabeza.

—No me refiero a esa marca.

También conoce la otra, entonces. Su marca. En un acto inconsciente me llevo la mano al pecho. Siento el corazón palpitar bajo mis dedos. Apenas consigo reaccionar del todo. Ella sigue atentamente mi gesto. Antes de que pueda terciar cualquier palabra, se acuclilla delante de mí. Baja la tela de la camisola hasta que la cabeza del águila y ese A estilizada quedan al descubierto. Siento su tacto acariciando las líneas impresas en la piel, ya para siempre imborrables. La observo mientras lo hace. Parece ensimismada en el dibujo, como si acaso pudiera ver algún mensaje en él que yo no soy capaz de descifrar. Más allá de eso entiendo que la reconoce… y que le duele. Lo veo en sus pupilas, en sus labios apretados, en el rostro algo más pálido. Me observa y yo me estremezco ante el dolor que grita detrás de su mirada. El corazón me da un brinco firme contra el pecho, preso de un mal presentimiento.

—¿Por qué la hizo ahí? En el pecho… —murmura bajo.

Entorno los párpados, tragando saliva.

—Yo… se lo pedí. Creí que era el lugar más adecuado y… —Sacudo la cabeza—. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver esto? ¿Cómo sabes lo de la marca? ¿Cómo conoces Albion? ¿Quién eres?

Sus ojos marrones, profundos, eternos, atrapados en algún lugar entre dos mundos, mucho más allá de la barrera del tiempo, se clavan en los míos. Danae me mira con tal intensidad que me veo obligada a contener la respiración. Su tacto abandona mi piel. Sus dedos corren, sin que yo pueda adivinar qué buscan, a los cordones que atan el escote de su camisa. Desata el lazo con solo un tirón que me parece propio de alguien que algún día tuvo elegantes modales o una gracilidad innata. Yo sigo el transcurso de la tela como hechizada. La piel, que en otro tiempo debió ser suave, blanca y tersa y ahora está machacada por el paso del tiempo, queda al descubierto. Solo hay una zona que no ha sufrido esas lacras…

El escudo de la familia Abberlain sobre la piel, en el mismo lugar en el que reposa la mía, me deja momentáneamente sin respiración.

—Porque quizá no seamos tan diferentes.

No consigo reaccionar. De pronto el mundo a mi alrededor se ha silenciado, ha perdido textura, forma y color y ante mí solo queda la marca idéntica a la mía, en el mismo sitio, escuchando los latidos de otro corazón. Solo eso… y sus palabras:

—Hace mucho tiempo fui Danae Abberlain. Marcus es mi hijo. 

5 comentarios:

  1. Gracias de nuevo y hasta la semana que viene

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  2. jammm!!! lo sospechabaa!! La mama!!! siiiiiiiiiiiiiiiii! espero con ansias el sgt capitulo!!,,,gracias :)

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  3. Cuando hacen el siguiente?? (Solo preguntando, siganlo sin presión)

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  4. hola, solo puedo decir HERMOSA ... gracias por esta historia mágica ... espero con ansia el siguiente capitulo ...

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  5. Hola. Yo tengo una historia competa. Puedo enviártela en archivo pdf o podes verla aquí:
    https://www.scribd.com/document/343091050/Denisse-y-Fermin
    mi correo es: lizy_martiinez@yahoo.com.mx

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