miércoles, 29 de octubre de 2014

Boletín informativo: "Cuentos de la luna llena", nuestra nueva novela, y el parón de "Pétalos de papel".




¡Hola a todos y, ante todo, sentimos la desaparición! Como habréis notado, el blog ha estado una buena temporada parado. Esto tiene una buena y positiva razón. Algunos, muchos, ya lo sabéis y ya la habréis podido probar pero para los que no... 

HEMOS PUBLICADO UNA NOVELA. 

No, no ha sido Pétalos de papel, sino una nueva novela. Queríamos presentárosla, pese a que hoy hace ya un mes que se puede encontrar en las librerías de toda España (y muy pronto, en las de Latinoamérica, empezando por México). Con todos vosotros... 

Cuentos de la luna llena: Alianzas.

 

Título: Alianzas. 
Saga: Cuentos de la luna llena. 
Autoras: Iria G. Parente y Selene M. Pascual
Editorial: Editorial Everest
Idioma: Español
ISBN: 978-84-441-5065-9
Colección: Narrativa Everest
Edad: >14
Nº páginas: 632
Encuadernación: Rústica fresado
Formato: 13,5 x 21 cm
Página web: www.cuentosdelalunallena.com
Sinopsis: 
Érase una vez una guerra cruel. Una confrontación entre humanos y feéricos que parecía que nunca tendría fin. Érase una vez una reina malvada, un apuesto príncipe, dos princesas y un trovador que sabía contar las historias más maravillosas del mundo. Y aunque los cuentos nos han enseñado a creer en finales felices, en un mundo donde su magia es real, las situaciones son completamente diferentes a como nos las han contado… 

Alianzas, traiciones, luchas de poder e intereses puramente egoístas guiarán esta historia, hasta que finalmente nada de lo aparentemente predefinido llegue a cumplirse. 

Ningún futuro, al fin y al cabo, es seguro. 


  
Esta nueva novela ha sido lo que nos ha mantenido alejadas tanto del blog como de Pétalos de papel. Sois muchos los que nos seguís preguntando por la segunda parte de Pétalos, los que queréis saber más de Ilyria o Marcus o si podéis adquirir el libro en papel. Todo tiene su respuesta, por supuesto, y ahora que las aguas vuelven un poco a su cauce (no demasiado) sacamos algo de tiempo para pediros disculpas y responderos a dos de las cuestiones que más nos llegan: 

Respecto a la edición física:  Sois muchos los que a día de hoy nos seguís pidiendo ejemplares físicos, de papel, de Pétalos de papel (valga la redundacia). Lamentablemente, esto no es posible. Aunque nos encantaría poder disponer de ellos, como sabéis, esta novela es autopublicada. En un principio ni siquiera considerábamos la posibilidad de distribuir ejemplares físicos, pero ante la demanda de la gente hicimos una pequeña tirada de 100 ejemplares. Estos se agotaron muy rápido y no hemos repetido la impresión, de modo que a día de hoy no hay libros y dudamos de que vaya a haber más adelante. Esto solo cambiaría en caso de que una editorial se interesase por el libro, puesto que nosotras no podemos invertir más tiempo y dinero en sacar más tiradas impresas. ¡Lo sentimos! Aún así, muchas gracias por interesaros y por querer invertir vuestro dinero en algo que podéis adquirir gratuitamente en internet. Gracias por demostrar que Internet no es un enemigo de la cultura, sino que puede ir de la mano con él. 

Respecto a Pétalos marchitos, segunda parte de Pétalos de papel: Debido a la publicación de "Cuentos de la luna llena", nuestro tiempo se ha acotado y limitado muchísimo, por lo que la producción de Pétalos marchitos se ha detenido. A día de hoy tenemos que centrarnos en nuestro nuevo proyecto, que además tiene fechas de entrega, por lo que no podemos perder tiempo y esfuerzo en escribir otras cosas. En cualquier caso, este parón no es definitivo y esperamos volver (más tarde o más temprano) a retomar esta historia. De nuevo, lo sentimos, pero sobre todo, muchas gracias por leer y por vuestro interés constante. Vosotros habéis hecho de esto algo más grande de lo que nosotras nunca habríamos pensado.

A partir de ahora intentaremos tener un poco más al día el blog contándoos nuestras últimas peripecias con "Cuentos de la luna llena", aunque no sabemos hasta qué punto podremos conseguir una regularidad. 

Con todo, como algunos habéis visto ya en la sección de contacto, hemos cambiado nuestros mails para unificar todos vuestros correos en una cuenta conjunta. Ahí podéis escribirnos y poneros en contacto con nosotras para cualquier cosa. Intentaremos responder a la mayor brevedad, aunque últimamente nuestra vida es un poco locura y quizá tardemos. También podéis encontrarnos en nuestras redes sociales, @iriagparente / @selenepetalos, y en FB como "Iria G. Parente" o "Selene MP". 

Ante todo, muchas gracias por continuar ahí, por seguir preguntando, por seguir leyendo, por seguir interesándoos. Gracias por el apoyo constante que nos dais desde hace ya más de dos años. Sin vosotros, nada de esto habría sido posible: ni Pétalos, ni la publicación de nuestra nueva novela. 

Gracias, y hasta lo más pronto posible :) :) :)

jueves, 10 de abril de 2014

Pétalos Marchitos (Pétalos de papel #2) - Capítulo 4

Marcus
Destrucción

El chasquido de la puerta al cerrarse resuena en mi cabeza como el eco de una sentencia de muerte.

El muchacho y la criada se han marchado. No necesito volver mi atención hacia la madera para saberlo: la idea apenas toca mi mente, de hecho. Del pasillo me llegan voces apagadas, pero nada de eso importa. Súbitamente, la presencia de mi padre lo ha llenado todo: desde el cuarto hasta mis recuerdos, que se distorsionan bajo el peso de su corporeidad. De nuevo siento que me falta el aire. De nuevo la estancia se vuelve más pequeña de lo que en realidad es. Más opresiva. Los muros se tuercen y amenazan con enterrarnos. Esta realidad, tan precaria de por sí, blande ahora la forma de una pesadilla. No puedo dejar de mirarlo. Sus ojos morados, brillantes como los míos, capturan mi voluntad. El fantasma de su sonrisa, artificial, no parece dirigirse a nadie en concreto. Toda su atención está puesta en mi rostro horrorizado. Soy consciente de que he palidecido.

—No puede ser…

No sé qué decir, aparte de ese susurro ahogado. Si bien es cierto que nunca he creído realmente que Aloys Abberlain estuviese muerto, tampoco pensaba en él como alguien vivo. Su existencia siempre fue, desde aquel fatídico día de cambios y abandono, algo que no me planteé. Era más fácil olvidar. Podía ser que, como un fantasma, su espíritu me persiguiese en las noches en vela, como el de tantos otros, pero él estaba lejos, en otro mundo. Desde donde se encontraba no podía hacerme daño. No volvería a por mí. Yo, por mi parte, tenía demasiadas pérdidas que lamentar como para plantearme ir a buscarlo a él… o a mi madre. Me encerré en mi autocompasión y me olvidé de que había algo en esta dimensión que aún me llamaba. Sin embargo, ahora que está aquí, delante de mí, no soy capaz de aceptarlo del todo.

Toda mi vida retrocede. Todos los días, como una marea, se apartan para detenerse en aquel instante. El fuego de la chimenea. Mi mano derecha se crispa. El libro ardiendo, crujiendo de dolor, latiendo con sus últimas fuerzas. Agonizando entre las llamas mientras suplicaba por mi ayuda. La tinta uniéndose al papel en su último abrazo. Su último suspiro. Duele como si la carne se estuviese derritiendo sobre mis huesos otra vez. Las lágrimas cegándome. El calor prendiendo en mi manga. Apenas sí soy consciente de que debo estar clavándome las uñas en la palma, aún a través de los guantes.

—No era este el reencuentro que esperaba —me confía, repasando el cuarto con la mirada. Yo entorno los ojos—. No pretendía que ocurriese así, pero el muchacho me dijo que estabas muy alterado cuando te trajeron aquí. Que una noche de soledad podría enfriarte el ánimo. Veo que tenía razón.

Deduzco que “el muchacho” es el caballero que ordenó mi captura. El que no he vuelto a ver, a pesar de que me lo he imaginado entre las sombras del pasillo en todo momento. Aprieto los labios. Estoy furioso, y un temblor en la voz me delata.

—¿Cómo no iba a estar molesto? ¡Me prendieron y me encerraron como si fuera un vulgar criminal! Sin una sola explicación o una palabra de consuelo…

Él apenas sí parece prestarme atención. No se disculpará por lo que ha pasado. Nunca lo hace. Cree que siempre tiene razón. Que puede hacer lo que se le antoje, sin importar las consecuencias. Para él, todos los seres humanos giramos a su alrededor. No ha cambiado. Sigue siendo el mismo padre que me miraba por encima del hombro. Que no explicaba sus razones. Que esperaba grandes cosas de mí. Lo descubro en el porte elegante y la barbilla suavemente alzada: el gesto que pretende demostrar que está por encima de los demás. Que ninguna de nuestras acciones le afecta.

—Te he estado esperando. Han sido muchos años, pero nunca dudé de que acabarías por venir a mí. Estaba escrito.

El tiempo no ha pasado en vano para él. Parece mucho más viejo. Me pregunto de cuántas lunas está hablando. Sé que han sido más días de los que han transcurrido para mí. Me lo dicen el cansancio y la sabiduría en sus ojos. Pero no es eso lo que me importa. Aunque ansío respuestas sobre lo que ha cambiado en mi ausencia, no puedo detenerme a preguntar. No me concierne cómo ha llegado a este castillo o qué posición ocupa dentro de él.

Mi mente solo es capaz de pensar en una cosa.

—No tienes ningún derecho a retenerme aquí —le advierto. Él vuelve toda su atención hacia mí y algo en su mirada afilada, en su boca torcida, me contradice—. Debo volver con mi familia. Con…

—Charlotte —me interrumpe él, concluyendo la frase por mí—. Y con esa muchacha llamada Ilyria, ¿no es así?

Me estremezco. Pronuncia sus nombres como si las conociera. Como si las hubiera visto antes o estuviese acostumbrado a que yo mismo le hablase sobre ellas. Es casi siniestro. Su mención parece volverlas más corpóreas en mi mente, al tiempo que su presencia casi se deja sentir en el cuarto. Paladeo algo, quizá el último beso que Ilyria abandonó en mi boca hace lo que ya me parecen siglos, y trago saliva. A pesar de que intento no parecer amedrentado, su intervención me ha perturbado profundamente.

—¿Cómo…?

A pesar de haber preguntado, cuando me mira no sé si estoy preparado para saberlo. Su sonrisa se extiende un poco más por sus labios. Un escalofrío repta por mi columna, por debajo de una piel que suda frío.

—Eres mi primogénito, al fin y al cabo. Te he estado observando —confiesa mientras se mueve por la habitación, sin un rumbo fijo, rozando los pocos muebles que hay con la punta de los dedos, como si quisiera recobrar algo abandonado en su superficie—. He sido como tu ángel de la guarda, por decirlo de algún modo: siempre silencioso pero protegiéndote de todo mal.

La duda en mi rostro parece exasperarle del mismo modo que lo hace mi silencio. De todas formas, un vistazo a mi cara es lo único que necesita para seguir hablando.

—Lo sé todo sobre ti. Llevo leyendo tu vida desde que conseguí un libro que me vinculase con Amyas. La niña que adoptaste, tus sirvientes, tus amigos… Todo me fue revelado en las páginas. Incluso la llegada de esa muchacha. ¿Sabes? Fue ella la que me hizo darme cuenta de que no somos tan diferentes. Ambos amamos con tanta fuerza que el sentimiento se vuelve dolor, al cabo de un tiempo. Ambos nos enamoramos siempre de las mujeres equivocadas. Primero yo con tu madre y luego tú y aquella mujer… —Me mira de reojo, pero al ver que me mantengo inmutable, sonríe con sorna—. Y ahora esa muchacha. A la que, por cierto, le estoy agradecido. Ella me dio esperanzas. Abrió viejas heridas y te hizo pensar… Te trajo aquí.

No abro la boca. Soy incapaz. Con cada músculo entumecido y un dolor sordo latiéndome por todo el cuerpo, me doy cuenta, más que nunca, de lo que he hecho. Me dejo caer sentado en la cama. No creo que sea ella la que tenga la culpa. No me equivoqué al elegirla… o al dejar que me eligiese, o que alguna fuerza superior uniese nuestros caminos. Ella no me obligó a abrir el libro. Me estremezco. He sido yo el estúpido que se alejó. Nada me llamaba desde aquí dentro. Nada queda ya aquí para mí. Me llevo una mano a la cara y me pregunto cuánta verdad hay en las palabras de mi padre. Quizá estaba escrito. Tal vez no seamos tan diferentes. Durante los últimos meses no he podido dejar de pensar en ello: la intenté atar a Albion como hizo él con mi madre y, al hacerlo, la alejé un mundo de mí. Desde el principio no supe más que mentirme a mí mismo: primero con mis sentimientos, luego decidiendo lo que era mejor para Ilyria, aunque sin contar con ella.

El peso de todos mis errores me abraza las costillas.

—Quiero volver a casa. No puedes retenerme.

Aloys cabecea, pensativo. Me pregunto por qué la luz que entra por la ventana no logra iluminarle del mismo modo que al resto del cuarto. Tras una breve disputa consigo mismo lo observo caminar hasta la salida y abrir la puerta. Se queda a su lado, como si me invitara a traspasar el umbral.

—Es cierto —otorga, con un movimiento de su mano—. No puedo. Y no lo haré. No gano nada con ello. Así pues, tienes vía libre para ir y venir a tu gusto por todo el castillo. Sé que sabrás disculparme que no te deje alejarte más allá del jardín, pero los Abberlain no son amados por todos. Me temo que eso no cambia, estemos en el mundo que estemos. Y tus ojos te delatan como miembro de mi familia.

Aprieto los labios.

—Soy mayor. Puedo cuidarme solo. Saldré bajo mi propio riesgo.

Hay un chasquido de su lengua que implica disconformidad. Lo veo negar con la cabeza, con mucha calma, como si en este tiempo hubiese ganado toda la paciencia que nunca pensé que fuera a tener. Para empezar no me censura, como tantas veces ha hecho antes. Ahora me trata como un niño pequeño al que se le debe enseñar. Al que es necesario guiar por la vida. Hay un toque casi burlón en cada uno de sus gestos. En sus palabras, cuando habla:

—Esa no sería tu idea más brillante. Hazme caso cuando te digo que nada es en Seelen igual a lo que conociste. Hay grandes peligros ahí fuera, acechándonos. Por lo tanto, permanecerás aquí, donde te pueda ver.

Sacudo la cabeza y me acerco a él.

—Tráeme entonces el libro que me llevará de vuelta a casa. Me iré y no tendrás que preocuparte por nada.

—No. Por supuesto que no.

Frunzo el ceño, sin llegar a entender por qué lo hace. Por qué me quiere encarcelar en este lugar, privándome de libertad. A qué viene tanto odio contra mí, cuando yo nunca le he desafiado abiertamente en el pasado. Si bien es cierto que más de una vez defendí a mi madre, poniéndome de su lado, al final fue él el que decidió ir tras ella. El que no supo rendirse y aceptar una negativa. Fue él y solo él quien convirtió amor en venganza y desesperación.

—Entonces, yo mismo lo encontraré.

Mis pies me conducen fuera de la habitación. Mis pasos en las escaleras de piedra reverberan con un eco sordo que me hace estremecer. No miro hacia atrás ni me detengo a observar lo que me rodea. Tengo miedo de que si lo hago, los dioses me castiguen por mi curiosidad y me conviertan en una estatua de sal. Tengo miedo de perder algún alma rescatada de la muerte si giro la cabeza. En lugar de eso, avanzo con seguridad, sin miedo, con la tela del guante rozando la pared, en un desesperado intento por no perder el equilibrio en los desgastados peldaños, que se curvan y se vuelven cada vez más traicioneros.

Me sorprende que no me siga, pero una vez que me quedo parado, aguantando la respiración, solo el más profundo silencio, casi corpóreo, me envuelve. Un aire fresco, de interior medieval o de catedral, me revuelve los cabellos. Estoy ya a los pies de la escalera de caracol que acabo de sortear. A partir de aquí, los desconocidos y fríos pasillos me esperan. Parecen formar un laberinto que abre sus fauces, dispuesto a atraparme. A tragarme. Tal vez en su centro habite un minotauro, pero yo no tengo un ovillo de hilo que desenrollar por el camino para guiar mis pasos. De todas formas, igual que no hay nadie aquí para decidir mi recorrido, no hay nadie que pueda detener mi búsqueda.

Si mi padre ha estado observándome —aunque “leyéndome” sería un concepto incluso más exacto—, eso significa que guarda el libro siempre cerca. Significa que el portal que me llevará de vuelta a casa está aquí, en alguna parte del castillo. En sus páginas está mi vida. Mi casa y mi familia. Charlotte. Ilyria. El simple pensamiento me da fuerzas y me obliga a seguir caminando. ¿Estará enfadada? ¿Me odiará por dejarla sola? 

Incluso cuando le prometí que estaríamos siempre juntos, que la protegería. Yo…

Aprieto el paso y siento que los minutos pasan sin que yo avance. El reloj de bolsillo, dentro de mi chaleco, parece pesar más que nunca. No tengo todo el tiempo del mundo. Abro y cierro puertas sin nada que me dé una pista de hacia dónde me dirijo. En este castillo solo parece haber soledad y un vacío que asusta. Las habitaciones están desiertas. Los dormitorios están pulcramente arreglados, como si esperasen visitantes importantes, pero las flores en los jarrones ya han empezado a marchitarse. Lo tomo como un mal augurio. Las flores secas, con sus pétalos oscuros, me inspiran el miedo más irracional. Me topo con un par de criadas que miran aterradas mis ojos morados y humillan la cabeza. Percibo que murmura algo, pero las palabras no llegan a convertirse en algo inteligible dentro de mi cabeza. No me detengo a preguntarles o hablar con ellas. Apenas sí las miro. Sé que eso podría causarles problemas.

Mi andanza concluye en unas puertas dobles. Están cerradas, pero yo giro el pomo sin pensar y el chasquido reverbera en el corredor que queda a mis espaldas. Oigo pasos tras de mí, aunque puede ser que solo sean los latidos de mi corazón haciéndose eco. Lo siento bombear demasiado fuerte en los oídos, en las sienes. Sería fácil confundirlo con algo más real de lo que es. Inquieto, sin embargo, entro en la estancia que ahora se abre ante mí y me encierro en ella, con un suspiro en el que mi alma intenta escapar de mi cuerpo.

El cuarto se revela ante mis ojos cuando consigo dejar de parpadear por la luz del sol, que me araña sin piedad el rostro, colándose por una ventana que se dispone justo enfrente de mí. Las cortinas raídas no son suficiente para mantener la penumbra que se respiraba en el pasillo. Me encuentro en una biblioteca. O eso debió de ser, al menos, en otro tiempo. Horrorizado, descubro que no hay más que estanterías vacías, frías y llenas de polvo. Algunas hojas otoñales han volado alto para lograr entrar y se han quedado a vivir en el suelo gris de piedra. Me adelanto hasta el centro de la sala, desolado, y observo la gran mancha que el fuego ha dejado a su paso. Me agacho y acaricio con los dedos la superficie rugosa: la impecable tela blanca se tiñe del gris de la ceniza, de los sueños rotos y las palabras muertas.

No puedo evitar entristecerme cuando pienso en los hermosos manuscritos que una vez debieron descansar sobre los estantes de madera oscura. En las maravillosas miniaturas y en los detalles hechos con pan de oro. En las largas horas que los escribas pasaron copiando el contenido de cada texto. En el sonido de las plumas rasgando el papel…

De pronto me doy cuenta de lo solo que me siento en esta estancia. De lo lejos que estoy de mi hogar. De cuánto lo añoro. Este lugar me comprime los pulmones y me roba latidos y respiración. A cambio, me presta cansancio, dudas y desesperanza. ¿Dónde está el libro? Yo solamente quiero volver a Amyas. Ese es el sitio al que pertenezco ahora. Ya no soy aquel joven aventurero que fui una vez. Ya no soy el niño que quería vivir extraños incidentes y conocer tantos mundos como existiesen.

La cerradura al abrirse proclama sin ceremonias que no estoy solo. Ni siquiera alzo la mirada. Con los ojos entornados y los puños apretados, recupero la voz perdida y la convierto en un susurro que raspa mi garganta.

—¿Por qué lo has hecho?

Mi padre no contesta de inmediato. Se detiene a mi lado y yo me concentro con obstinación en el pequeño montón de ceniza contra el que chocan sus botas.

—Tú mejor que nadie deberías saberlo, Marcus.

Niego con la cabeza. Solo me parece un acto de barbarie. Un desafío a las leyes de la lógica. ¿Por qué alimentar un fuego con los volúmenes que tanto nos han dado? Yo, más que nadie, no logro entenderlo. ¿No somos guardianes de un poder que conlleva respetar cada palabra escrita? Cada mundo creado… Él, mejor que nadie, debería recordar que un libro fue lo que le unió a mi madre. Un libro fue lo que me ha unido a Ilyria. Para siempre.

—Has cambiado. Antes nunca habrías hecho esto. Es casi como un asesinato.

—Antes tu madre me amaba —replica él en un tono monocorde, carente de sentimientos—. He vivido por diecisiete largos años en este mundo.

Trago saliva. Sí. Ha pasado mucho. Y aún así, no puedo evitar preguntarme si es ese el tiempo que tiene que pasar para cambiar a una persona. Para convertirla en alguien a quien yo ya no puedo reconocer. Alzo la mirada y nuestros ojos se encuentran. Sé que hay una muda súplica en mis pupilas. Así, agachado en el suelo como estoy, la figura alta de Aloys es la de un gigante que me recuerda que aún soy demasiado joven. Una generación entera nos separa. Mundos completos, con sus complejas geografías y miles de habitantes, nos distancian. Incluso nuestras ropas son diferentes: él, con su capa sobre los hombros y su porte regio; yo, con mi traje oscuro manchado y mi aspecto de niño perdido.

—Si hubieras vuelto… Si nunca te hubieses marchado… —Sacudo la cabeza. Rápida, como un relámpago, la pregunta asalta mi mente—. ¿Dónde está madre?

Su mirada se endurece. Su mención me deja sin protección ante su ira. Hay maldad en su rostro. Una violencia animal que podría despedazarme. Pasión y demencia. Quizá fue eso lo que hizo a Danae Abberlain huir en el pasado. Un día buscó en aquella cara y se dio cuenta de que nunca más volvería a encontrar al hombre del que una vez estuvo enamorada. Se aventuró entonces a ver qué había en otros ojos, en otros pechos. Y descubrió que existían aún corazones que podían latir por ella. Para ella. Si es así como sucedió, la comprendo. Si es así, la perdono.

Mi padre, en cambio, solo tiene odio en su interior. Un alma negra y un corazón que se ha convertido en piedra.

—Se fue. Una vez más, me ha abandonado. Pero ahora que estás aquí… —La brillante sombra de una idea toma forma tras su mirada—. Ahora ella vendrá. Sé que te buscará, Marcus. Querrá verte. Ver el hombre en el que te has convertido. Y entonces…

Su voz se apaga. Ni siquiera él sabe qué pasará entonces. Lo veo fruncir el ceño, pero luego sonríe como si nada hubiera pasado. De pronto se me antoja que ha estado vagando demasiado cerca de la locura. Solo un hombre desequilibrado quemaría los libros de una biblioteca. Solo un loco dejaría las estanterías vacías como recuerdo de su matanza. ¿Es esto lo que pasa cuando uno ama sin mesura? ¿Cuando tu amor no es correspondido? ¿Cuando todo lo que una vez has anhelado se escapa entre tus dedos y te advierte de que no volverá?

—Ni siquiera yo puedo atarla a ti, si ya no te quiere. No puedes usarme para conseguir tus propósitos. Yo solo quiero volver a mi casa.

Aloys entorna los ojos.

—No puedes. No lo harás hasta que yo lo decida. Tengo tu llave a Albion, pero no te la daré a menos que hagas lo que yo te pida. Sabes que no falto a mis amenazas. Si pude quemar el libro una vez, no me importará volver a hacerlo —me insiste, haciendo un ademán que pretende abarcar los restos de la olvidada pira funeraria—. Puedo encerrarte aquí, Marcus, y no dudaré en hacerlo.

Sus palabras resuenan en el aire con la fuerza de una tormenta. Sí, sé que es capaz. Mis esperanzas están en su mano. Si le doy razones para ello, cerrará los dedos alrededor de mis sueños y los convertirá en la misma ceniza que ahora mancha las piedras sobre las que sigo acuclillado. Algo entumecido de mantener la posición, me irgo y lo observo a los ojos. El gigante desaparece, pero su aura soberana se mantiene sobre mí, aturdiéndome. Cojo aire. ¿Qué tengo yo para enfrentarme a él? No soy un héroe. No soy un caballero de brillante armadura. Solo soy humano, con todos mis defectos y mis miedos. Y él, aquí, ahora, parece más un dios al que temer que un simple mortal.

—Aquí vivirás como un príncipe, Marcus. Literalmente. Serás mi heredero —prosigue, ante mi sorpresa—. No bromeo. Seelen se postrará a tus pies ante una orden de mi mano. Y después… Después cualquier mundo que deseemos. ¿No te gustaría eso? Piensa en Albion… Piensa en lo fácil que sería derrocar a Victoria con nuestro poder. Podríamos hacer grandes cosas juntos. Podríamos postrar a la nobleza y aplastarlos como hormigas. Entonces nadie podría hacerle nada a esa muchacha tuya… Nadie os censuraría, Marcus, porque seríais libres para quereros.

Siento que es el Diablo quien me habla. Que Mefistófeles se ha presentado ante mí tomando la forma de mi padre y me ofrece todo lo que siempre he deseado a cambio de mi alma. Porque Ilyria es lo que yo siempre he querido. Es la persona por la que he estado esperando. Bajo la vista, triste. No puedo evitar pensar en cómo la ha tratado Rowan o en las lágrimas que Abbigail ha derramado mientras me imploraba que recapacitara. Si yo pudiera hacer algo, ¿no sería justo que lo diese todo por hacerla feliz? Por ver su sonrisa. Por escuchar su risa. Por retener en mi boca sus besos de rayo de sol. Su sabor a azúcar y a estrellas fugaces. Ella, que lo ha dejado todo por mí. Que no puede volver a su mundo. Que se ha quedado a mi lado pese a que todas las señales la instaban a que hiciese lo contrario…

Cierro los ojos. No debería ser tan difícil, pero mi alma se parte en dos. Vuelvo a sentir su mano en la mía, palpitando a través del guante mientras bailamos bajo una lluvia de deseos. De pétalos enviados por las hadas y envidiados por la luna. Vuelvo a sentir sus brazos a mi alrededor, mientras me pierdo en su cuerpo. Mientras muero en su boca. Mientras mi mano marchita toca con dedos efímeros su corazón.

Siempre. Se lo prometí. Mi deseo.

—Lo haré…

La voz se me quiebra y yo caigo al abismo.

sábado, 5 de abril de 2014

Pétalos Marchitos (Pétalos de papel #2). Capítulo 3.

¡Perdón, perdón, perdón, perdón, perdón! Este jueves no os hemos podido traer el capítulo, pero aquí os lo dejamos con los dos días de retraso. Esperamos que os guste. 


Ilyria
Rebeldes



Un hilo de sangre corre por mi pescuezo.

Miro a Rick. El muchacho se ha acercado y me observa con los párpados entrecerrados. Mi rostro horrorizado se refleja en su mirada turquesa llena de odio. De rencor y desprecio. En esos ojos veo las ganas de acabar conmigo, aunque yo no puedo entender por qué. El corazón se me ha detenido y no soy capaz de pensar con claridad. Solo puedo sentir el filo frío de la espada contra mi cuello, haciendo presión, amenazando vida y sueños. Sería muy fácil para él terminar con todo de un simple movimiento. Ni siquiera le costaría esfuerzo. Su mano tiembla y con su pulso también tiembla su arma contra mi piel. Sus dedos se aprietan con tanta fuerza entorno a la empuñadura que tengo la impresión de que se está haciendo daño él mismo.

Cojo aire, hinchando mi pecho. Miro de soslayo, como si así pudiera ver el corte superficial que sé que ahora adorna mi carne. No lo entiendo. ¿Qué he hecho? ¿Qué he dicho para provocar semejante respuesta en ese chico? Vuelvo a mirarle. Pienso en suplicar, en intentar explicarme, en preguntar todo lo que no alcanzo a comprender. Pero no tengo voz. O quizá no quiera tenerla. Temo que alguna palabra pueda traicionarme como lo ha hecho el nombre de Marcus… Marcus. ¿Es que acaso él le conoce? ¿Por qué esa mirada, por qué ese odio? Marcus lleva demasiado tiempo sin venir aquí. ¿Qué ha podido hacer para levantar en alguien una reacción como esa? Es una buena persona. No haría daño a nadie conscientemente…

Por un momento nos sostenemos la mirada. La mía asustada, la de él enfurecida. El muchacho aprieta los dientes.

—Abberlain —repite.

Paladea el apellido como si tuviese un mal sabor. La mueca que cruza su cara no me deja lugar a dudas de lo que ya he visto en sus ojos. Ese deseo homicida, casi loco, desgarrado. El odio más puro palpita en sus pupilas. Y como si pronunciarlo le revolviera, como si encendiese aún más su ira, la presión del filo se hace más patente contra mi piel. Emito un gemido al sentir la piel quejarse y llorar un par de gotas de sangre.

—Rick.

Aunque yo miro de soslayo a la mujer, mi atacante no lo hace. Solo tiene ojos para mí, para mi cuello, para la sangre que baja y mancha la camisola con su color de amapola. Son los ojos de un loco. Durante un segundo su mirada me recuerda a Angus Kendall, a su risa demente… ahora perdida. Silenciada para siempre. Muerta.

—Roderick, mírame.

El muchacho frunce los labios hasta que se vuelven blancos.

—Deberíamos matarla. Acabar con ella. Los Abberlain son una plaga… Ese muchacho, si es un Abberlain, solo será un nuevo bastardo que querrá terminar de destruir este mundo. Otra de esas alimañas, sin duda, que quemará todos los libros que encuentre y cortará las manos de aquellos que sepan escribir…

¿Qué está diciendo? No consigo entenderle. Algo en sus palabras está muy lejos de mi entendimiento. ¿Marcus quemar los libros? Nada de lo que dice tiene sentido para mí. Ningún Abberlain de los que yo conozco haría eso nunca. Ni siquiera Rowan, con su carácter elitista y sus ideas fascistas, tendría por qué querer quemar libro alguno. Por no hablar de cortar las manos de los escritores. Los Abberlain se sustentan de ellos. Sus ganancias llegan en forma de negocio editorial. Definitivamente debe estar equivocándose.

—Debe haber un lamentable error… ¿Rick, es? Marcus nunca…

—¡¡Cállate!!

Callo. No estoy en posición de discutir cuando su amenaza se vuelve aún más firme contra mi piel. Me alza el mentón con la hoja del arma y me obliga a mirarle directamente a los ojos. A nuestro lado siento a la mujer contener la respiración, igual que hago yo misma. Siento el corazón latiendo desenfrenado contra mi pecho. No es un aleteo, como cuando los labios de Marcus se posan tiernos sobre los míos, sino que el palpitar es una carrera desenfrenada, loca por no entender lo que ocurre a su alrededor.

—Ningún Abberlain merece mi piedad… Ninguno de esos malditos merece siquiera un poco de mi compasión. Todo lo que merecen es el fin. Un fin lento, en el que tengan que retorcerse de sufrimiento. Eso es lo que merecen los Abberlain y cualquier persona relacionada con ellos.

Aprieto los labios. ¿Cómo responderle? ¿Cómo explicarle que no entiendo de qué está hablando? ¿Cómo excusar a Marcus? No somos de aquí. El propio conde lleva demasiado tiempo lejos como para ganarse el desprecio que se haya podido crear… ¿O es que hay algo más que Marcus no me ha contado? ¿Es que acaso había más secretos encerrados en ese libro? Puede que incluso más allá de la historia de su amante tuviera pecados que nunca se ha atrevido a confesarme… Trago saliva. No. Marcus nunca se ganaría tanto desprecio. No es cruel. Nunca haría nada malo…

La mano de la superior toca el hombro de Rick. Eso parece hacerle volver a una realidad que aparentemente había dejado atrás. Aunque no aparta la espada su mirada va en busca de la de su jefa. Aprieta los labios y durante un instante parece haber una súplica velada en su gesto.

—Danae…

La interpelada niega con la cabeza. Su mano, lenta pero segura, le insta a bajar el arma y yo me veo liberada. Respiro y mi corazón parece agradecer el pequeño respiro. Rick aparta la vista, apretando los dedos con más fuerza entorno a la empuñadura del florete. Algo en el gesto pacífico de su líder le duele profundamente.

—No puedes fiarte —le susurra él. Hay un dolor implícito en sus palabras, en su petición. Los años que se han sumado a su rostro mientras me amenazaba huyen ahora, dándole a su expresión de nuevo algo menos de edad que la que tiene Marcus—. Por favor, no te fíes. Volverán a hacernos daño. Lo sabes.

—Marcus no es como Aloys.

El nombre me sobresalta. Algo parece encajar repentinamente y yo alzo la vista para contemplarlos a los dos. Puedo entender ahora de quién hablan. Quién es esa figura que tanto daño les ha provocado. Aloys. Aloys Abberlain. Aunque Marcus nunca mencionó el nombre de su padre, recuerdo habérselo escuchado a Angus Kendall el día que le visité. Le maldecía igual que le ha maldecido hace tan solo unos instantes ese chico de ojos turquesa. Es todo lo que consigo comprender, pues aunque durante un momento me esfuerzo en buscar más señas para poder interpretar el resto de las palabras, no las encuentro. Marcus nunca habló de su padre más de lo necesario. Quemó el libro que le conectaba a este mundo y se marchó, desapareciendo para no volver jamás a su vida. Durante un tiempo, incluso me hizo creer que estaba muerto. Aunque hablaba de él como alguien severo y profundamente dolido por la marcha de su amada nunca dijo que fuese cruel o que hiciese daño a nadie. Yo le odiaba en secreto por el sufrimiento al que había sometido a su hijo sin saberlo, desencadenando la desgracia de su mano quemada, pero no por ello imaginaba a su padre como un hombre cruel.

Rick, sea como sea, no parece convencido. La mujer revuelve un segundo sus cabellos y él hunde la cabeza, súbitamente amansado, como si fuera un niño. Mira al suelo, pero ya no me parece un acto de subordinación ante alguien de mayor mando. De pronto se me antoja que entre las dos personas que hay frente a mí hay algún tipo de relación más allá. Los gestos de ella son casi maternales y su voz se endulza cuando le alza el mentón para hablarle.

—Yo me encargaré de la chica. Asegúrate de que está todo en orden. Ike estará aburrido de hacer la guardia él solo.

Hay un cruce de miradas cuyo significado se me escapa. Después, los ojos del chico se fijan en mí solo de soslayo. Envaina su espada y, sin más palabras, se marcha. Yo suspiro, ligeramente aliviada. Me llevo un par de dedos al corte y observo el líquido rojo que queda en las yemas al apartarlas.

—Tendrás que perdonarle. Es muy temperamental.

Danae se sienta frente a mí. Pienso en Marcus cuando la miro. No hay nada de señorita en sus gestos, aunque hay un aire distinguido en su rostro, como si alguna vez, en otro tiempo, hubiera sido toda una dama. Alguien elegante y femenino, como le gustaría al conde que fuese yo misma. Ahora, sin embargo, se sienta apoyándose en sus manos, sentada cómodamente, sin tener que preocuparse de ninguna falda que coarte sus movimientos. No sé qué decirle. “Oh, no pasa nada, las amenazas se han vuelto una cosa trivial en mi vida: empiezo a acostumbrarme”. Sacudo la cabeza. No. Mejor eso no. Puede pensar que estoy loca o, peor aún, que tenerme con ellos, sean quienes sean y estén donde estén, pueden suponerles algún peligro.

No tengo que pensar mucho en qué responder, pues aunque separo los labios ella se adelanta a mis palabras.

—¿Cómo está Marcus?

Su pregunta me sobresalta. La miro de nuevo sin saber qué decir. No esperaba esa pregunta y, de hecho, no soy capaz de comprenderla del todo. La mujer se fija en mí una vez más de esa manera casi perturbadora, con su fruncir en los labios y su serenidad inquebrantable. Hay, sin embargo, algo angustioso en su expresión. Parece esperar algo de mí o de lo que tenga que decirle. Sigo teniendo esa impresión de que aguarda mis palabras, todo lo que no me atrevo a decir o lo que no sé cómo preguntar.

Dudo sobre qué responder. Ahora mismo ni siquiera puedo decirle nada con toda la seguridad que a mí me gustaría.

—¿Le conoces?

Silencio. Hay un susurro de tela cuando ella vuelve a levantarse. Se mueve inquieta un instante y momentáneamente me parece que toda su seguridad, toda su madurez, se viene abajo. Sus ojos atienden al fuego como si en sus llamas pudieran encontrar los recuerdos que le gritarán la respuesta a mi pregunta. 

—Hace mucho tiempo que no nos vemos. Años. Demasiados años… O quizá no tanto, después de todo. ¿Cuántos años tiene ahora?

—¿Marcus? —pregunto perdida. Hay algo en sus palabras que suena lejano, ajeno a mí misma. Es como si hablase conmigo pero a la vez no lo hiciese. Más me parece que su conversación es solo con ella misma.

De nuevo siento sus ojos clavados en mí. Asiente un poco, sin dejar de mirarme, esperando a que conteste sin más. Esta vez le aguanto la mirada con el rostro serio y la barbilla ligeramente alzada. Me siento un poco como esos nobles a los que desprecio, siempre con su altanería y sus miradas de suficiencia, pero no puedo permitir que me crea menos que ella o que simplemente responderé a todo lo que me pregunte sin yo recibir ni siquiera unas razones lógicas de dónde estoy o qué tiene que ver Marcus o su padre con esa gente. Con ella especialmente. 

—Veinticinco, pero no entiendo…

—Veinticinco —repite ella para sí, mirando al suelo. De nuevo vuelve a estar lejos, casi inalcanzable.

—¿Qué relación puedes tener tú con él? —rebato con un mohín, obligándola a volver su atención de nuevo a mí. Intento encontrar alguna directriz en las palabras de Marcus cuando me hablaba de ese mundo, pero no consigo identificar a nadie como la mujer que tengo delante. Tan adulta y jefa de… ¿De qué? Danae. Nunca mencionó ese nombre tampoco—.  ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? ¿De qué eres jefa?

Ella no parece muy agradada con mis preguntas. Me recuerda un poco al ceño fruncido de Marcus los primeros días ante mis cuestiones incesantes. Como a él en su día, mis preguntas le parecen improcedentes o acaso no quiere responderlas, sin más, porque sus ojos oscuros me atraviesan. Arquea las cejas como si se burlara de mí ante mi atrevimiento.

—Me temo que, aunque puedas creer lo contrario, no eres la que está en predisposición de hacer las preguntas aquí. —Reconozco un gesto dirigido directamente a la herida en mi cuello que me hace tragar saliva—. Pero tus preguntas me parecen también bastante interesantes a mí. Podría hacerte las mismas, de hecho. Ya tendremos tiempo de hablar de Marcus, sin duda. ¿Y bien? ¿Quién eres?

Me muerdo la lengua, lamentando haberle dado alguna idea. Veo mis propias palabras vueltas en mi contra, pero lo cierto es que no tengo nada que ocultar.

—Me llamo Ilyria. Ilyria Blackwood. Dado que he sido golpeada, secuestrada y amenazada, no puedo decir que sea un placer.

Danae parpadea por el atrevimiento, pero no parece escandalizada. Diría que solo está sorprendida. Me parece reconocer, de hecho, un centelleo divertido y el asomo de una sonrisa en su boca, pero no dice nada al respecto. Separo los labios para aprovechar y tomar yo el turno de preguntas primero, pero ella se me adelanta una vez más.

—¿Y qué relación puedes tener tú, Ilyria Blackwood, con Marcus Abberlain?

Contra todo pronóstico me ruborizo. Dado lo juzgada que ha estado desde siempre nuestra relación todavía me cuesta anunciar abiertamente los lazos que han terminado uniéndome a Marcus. Es como cuando se lo tuve que explicar a Alyse Thanet aquel día en el teatro. Me cuesta encontrar las palabras exactas para explicarlo. Danae alza las cejas, mirándome desde arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho. No entiende mi reacción y no la culpo. Debo resultar francamente ridícula, con las mejillas encarnadas y boqueando como un pez salido del agua. Carraspeo, enredando la mano en la manta que me han brindado, acariciando el pelaje de lobo. Me doy cuenta de lo primitivo que es todo en comparación con Amyas o mi propio mundo.

—Marcus Abberlain y yo somos… estamos… juntos.

—¿Juntos? —la mujer frunce el ceño como si no fuese capaz de entender esa expresión.

Yo me siento como una niña estúpida cuando siento el color adornando algo más fuerte mi cara.

—Como pareja.

A la afirmación la sigue otro de esos silencios que se clavan sobre la piel, que acuchillan y atraviesan. Me obliga a alzar la vista. Hay un brillo indescifrable en los ojos de esa mujer. Me observa de arriba abajo, evaluándome, entornando los párpados. No se puede saber si la noticia le gusta o le disgusta, pues su expresión es inexistente, absolutamente congelada.

—Y por eso le estás buscando… 

—Yo he hecho las preguntas primero —le recrimino antes de dejarme más en evidencia—. Y merezco al menos alguna explicación. Quiero entender qué os une a ti y a Marcus… o a Aloys Abberlain.

Danae se tensa ante el segundo nombre y sé que me he pasado de lista. Ahora no se esfuerza en disimular lo poco que le ha gustado esa intervención.

—Ya te he dicho que no eres tú la que hace las preguntas aquí. —Y de nuevo se aleja de mí, de nuevo se mueve a mi alrededor eligiendo sus siguientes palabras. Yo abro la boca, dispuesta a protestar, a exigir mis respuestas ya que me tienen aparentemente retenida ahí de momento. Por no hablar del trato recibido hasta ese momento. Pero una vez más, antes de que yo pueda hablar, ella se adelanta: —Has venido con un libro, ¿verdad? Vienes de Amyas. De Albion. Las páginas te tragaron y te trajeron hasta aquí. O quizá Marcus te haya traído… aunque él no habría hecho eso. No si es el mismo Marcus que algún día conocí.

Las palabras se me quedan estancadas en la garganta. La miro abriendo mucho los ojos, sorprendida. Lo sabe. Sabe lo de los portales en los libros. Conoce el poder de Marcus y su capacidad para saltar de universo en universo, de página en página. Apenas sí me queda párpado cuando la observo. Balbuceo algo, completamente cogida por sorpresa. ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede creer algo así…? La única manera que se me ocurre es que ella misma lo haya vivido. Solo puede saber de la existencia de Amyas si ha estado allí. Quizá por eso mi vestido, mis ropas, no le han extrañado. Quizá lo ha sabido desde el primer momento pero quiera saber algo de mí. Algo de ese otro lado… Algo de Marcus.

Tomo aire y, a mi pesar, asiento un poco.

—Marcus… Marcus no me trajo pero… supe que había venido y…

—Y quisiste venir. Y el libro accedió.

Aprieto los labios. Una vez más, solo asiento.

—No sé cómo pasó… Yo solo…

Danae sonríe. Es apenas un gesto leve, una curvatura en sus labios que casi parece imaginada.

—Hay libros que tienen más vida que otros. Libros que no necesitan de poderes mágicos para arrastrar a las personas a su interior. Libros que te atrapan antes siquiera de que puedas darte cuenta.

Quiero preguntarle por qué lo sabe, por qué conoce tan bien todo lo que hay al otro lado, pero ella ya tiene otra pregunta preparada. Algo de nuevo inesperado, que me descoloca por completo.

—¿Estás marcada?

De soslayo miro a mi hombro. Mi estrella sigue mostrándose al descubierto por el asa de mi camisón. Danae, al ver mi gesto, niega con la cabeza.

—No me refiero a esa marca.

También conoce la otra, entonces. Su marca. En un acto inconsciente me llevo la mano al pecho. Siento el corazón palpitar bajo mis dedos. Apenas consigo reaccionar del todo. Ella sigue atentamente mi gesto. Antes de que pueda terciar cualquier palabra, se acuclilla delante de mí. Baja la tela de la camisola hasta que la cabeza del águila y ese A estilizada quedan al descubierto. Siento su tacto acariciando las líneas impresas en la piel, ya para siempre imborrables. La observo mientras lo hace. Parece ensimismada en el dibujo, como si acaso pudiera ver algún mensaje en él que yo no soy capaz de descifrar. Más allá de eso entiendo que la reconoce… y que le duele. Lo veo en sus pupilas, en sus labios apretados, en el rostro algo más pálido. Me observa y yo me estremezco ante el dolor que grita detrás de su mirada. El corazón me da un brinco firme contra el pecho, preso de un mal presentimiento.

—¿Por qué la hizo ahí? En el pecho… —murmura bajo.

Entorno los párpados, tragando saliva.

—Yo… se lo pedí. Creí que era el lugar más adecuado y… —Sacudo la cabeza—. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver esto? ¿Cómo sabes lo de la marca? ¿Cómo conoces Albion? ¿Quién eres?

Sus ojos marrones, profundos, eternos, atrapados en algún lugar entre dos mundos, mucho más allá de la barrera del tiempo, se clavan en los míos. Danae me mira con tal intensidad que me veo obligada a contener la respiración. Su tacto abandona mi piel. Sus dedos corren, sin que yo pueda adivinar qué buscan, a los cordones que atan el escote de su camisa. Desata el lazo con solo un tirón que me parece propio de alguien que algún día tuvo elegantes modales o una gracilidad innata. Yo sigo el transcurso de la tela como hechizada. La piel, que en otro tiempo debió ser suave, blanca y tersa y ahora está machacada por el paso del tiempo, queda al descubierto. Solo hay una zona que no ha sufrido esas lacras…

El escudo de la familia Abberlain sobre la piel, en el mismo lugar en el que reposa la mía, me deja momentáneamente sin respiración.

—Porque quizá no seamos tan diferentes.

No consigo reaccionar. De pronto el mundo a mi alrededor se ha silenciado, ha perdido textura, forma y color y ante mí solo queda la marca idéntica a la mía, en el mismo sitio, escuchando los latidos de otro corazón. Solo eso… y sus palabras:

—Hace mucho tiempo fui Danae Abberlain. Marcus es mi hijo. 
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